Cuando estuve en Cracovia fui a visitar
Auschwitz. Sabía que quería ir a verlo desde el momento en que se planteó el viaje.
Siempre he sido muy sensible a lo sucedido en la
Segunda Guerra Mundial, he intentado entender las razones de cada uno de los bandos, las alianzas que se produjeron, las decisiones que se adoptaron… he tratado de leer e informarme sobre ello, e incluso a nivel cinematográfico, tres de mis películas favoritas versan sobre este asunto:
La lista de Schindler,
La vida es bella y
El gran dictador.
En las tres se trata de un modo u otro el tema de los campos de concentración y se transmite una imagen de crueldad difícil de imaginar. Con la visita a Auschwitz tenía la intención de clarificar esa imagen identificando hechos auténticos y realidades y separarlos de la magnificencia que el cine es capaz de proyectar.
Mi colega Nacho, que vive en Cracovia, y sobretodo César, con quien hice el viaje y ya había estado antes allí, me advirtieron que lo que iba a ver no era de buen gusto y que podía dejarme el día jodido. Obviamente, ya sabía que no iba a ver un museo ni una feria, sabía que iba a ver dolor, lo que no sabía era que además iba a sentirlo y a concluir que las películas no magnifican lo sucedido, sino, en todo caso, lo contrario.
Visitamos Auschwitz I y Auschwitz II. Los dos son terribles.
Auschwitz I es más pequeño.
Antes de entrar, en una sala proyectan una peli de unos 15 minutos rodada por los rusos en el momento que liberaron los campos de concentración. En esa proyección no hay montajes, decorados ni actores. No hay nadie haciéndose el muerto ni nadie que haya adelgazado o enfermado para la grabación. Los rostros son de miedo auténtico, los famélicos, los enfermos y los muertos son reales.
Pasar bajo el arco que reza “
Arbeit macht frei” (El trabajo os hará libres) a la entrada del campo de concentración, entre las vallas antaño electrificadas, pone los pelos de punta. Una vez dentro del campo se puede sentir el miedo. Los barracones han sido divididos por nacionalidades y procedencia de quienes fueron enviados allí. Son infinitos.
A los pocos minutos de estar allí dentro no quieres seguir haciendo la visita con nadie a tu lado.
Quieres estar solo. Estás convencido de que, aunque vaya a doler, quieres seguir viendo los siguientes barracones, el muro donde se fusilaba, el crematorio, las fotos de quienes estuvieron recluidos allí… pero necesitas enfrentarte y asimilar solo.
La visita es un nudo absoluto, en la garganta, en la boca del estómago... Te falta el aire y caen las lágrimas. Eres incapaz de entender lo que estás viendo y leyendo. Conforme vas tomando conciencia, piensas que todo lo que nos rodea, incluso hoy en día, pasado tanto tiempo de esas barbaries, es una mierda absoluta que no tiene sentido al lado del horror sucedido, y que aún se respira, allí. No quieres hablar con nadie. No sabes de qué hablar, ni qué decir. Es demasiado duro.
Auschwitz II (Birkenau) es enorme.

Cuando llegas y desde fuera ves la imagen de la famosa entrada por la que se internaban los trenes llenos de nuevas víctimas ya sabes que lo que vas a ver es uno de los campos de exterminio humano más grandes que han existido.
Al subir a la torre no puedes creer la extensión tan enorme creada y destinada a hacer sufrir y a asesinar.
Visitas algunos de los barracones y llegas hasta las ruinas que quedan de lo que en su día fueron las cámaras de gas. Durante el largo paseo no dejas de darle vueltas a la cabeza y te imaginas las condiciones en las que subsistirían los allí recluidos, las frías noches centroeuropeas en absoluto silencio en el campo, únicamente quebrantado por los llantos, los chillidos de dolor y desesperación o por algún disparo asesino.
No puedes creerlo. Todo lo que estás viendo es demasiado fuerte como para intentar concebirlo. Justo antes de marcharte ves en una de las placas conmemorativas que allí fueron asesinadas más de un millón y medio de personas. Te estremeces.
Reflexión
No estoy a favor ni en contra de nadie en particular. No simpatizo con los judíos y, por supuesto, tampoco con lo que hicieron los nazis. Yo únicamente veo personas y víctimas. Pienso que en las guerras no hay buenos ni malos, que en las guerras todos los bandos cometen crímenes y barbaridades y soy medianamente capaz de asumirlo y entenderlo aunque no lo comparta en absoluto por mi carácter pacifista y conciliador.
Sin embargo, el horror que se debió vivir en Auschwitz está por encima de lo aceptable. Allí no eran dos bandos enfrentados disparándose en igualdad de condiciones. Eran personas inocentes (me da igual la nacionalidad, la religión o cualquier otra singularidad) siendo martirizadas y maltratadas, ni siquiera únicamente recluidas o secuestradas y mantenidas, que ya de por sí sería deleznable.
El trato era vejatorio, inhumano e inaceptable en cuanto a las condiciones, y al fin y al cabo tan solo era un último paso angustioso y eterno hasta que llegara la quizás deseada hora de pasar por la cámara de gas y terminar con ese infierno.
Pero sin duda,
lo que más me desequilibró fue el hecho de comprobar cómo personas (en gran parte niños) fueron utilizadas como bases de experimentos médicos, suministrándoles bacterias, virus, enfermedades, amputándoles miembros… y viendo las reacciones de su cuerpo ante estas situaciones y ante los medicamentos en pruebas que utilizaban (o no) para ello.
Tengo que reconocer que este fue el punto que terminó sacándome de mi sitio: no entiendo las guerras ni los campos de concentración, pero aún menos entiendo la frialdad, la falta de escrúpulos y de dignidad que hay que tener para tomar decisiones de ese tipo y además llevarlas a cabo. Era asesinar y hacer sufrir conscientemente a inocentes de un modo sistemático y ajeno a cualquier instinto o sentimiento.
Tras la experiencia de la visita salí reforzado en mi convencimiento de que el ser humano puede ser el ser vivo más despreciable e inconsciente del planeta, siendo el único capaz de matar a sus semejantes por cualquier motivo, no únicamente por subsistencia (comida, reproducción o defensa ante amenaza) como hacen el resto de seres vivos, incluso las especies que catalogamos como más peligrosas.
Tenemos un cerebro complejo que nos diferencia del resto de especies y nos permite crear maravillas, pero que en vez de utilizarlas únicamente para el bien común (como hace referencia
el discurso final de El gran dictador), en muchas ocasiones las hemos utilizado con un fin destructivo y autodestructivo (incluso conscientemente) y eso nos sitúa, hemos de admitirlo, en la especie más despreciable de los seres vivos.
Creo que todo el mundo debería tomar conciencia de estos hechos (sin hacer barbaridades como las que pude ver allí, en las que las familias llevaban a niños a ver esos horrores), reflexionar y actuar en consecuencia, y quizás dentro de muchos años podamos haber aprendido algo como civilización y podamos vivir en un entorno de paz y respeto común.
Y digo dentro de muchos años porque estas barbaridades sucedieron hace apenas 70 años (aunque
algunos digan que fue una mentira) y no hemos evolucionado tanto como especie, de hecho hoy en día
seguimos aniquilándonos los unos a los otros, o
mirando hacia otro lado en
numerosos asuntos.
Algunas fotos: